miércoles, 31 de agosto de 2011

La importancia de la Palabra de Dios



«Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los profetas, “últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo” (Heb. 1,1-2). Pues envió a su Hijo, es decir la Palabra eterna que ilumina a todos los hombres para que viviera entre ellos y les manifestara lo secretos de Dios (Cfr. Jn 1,1-18); Jesucristo, pues, “es la Palabra hecha carne” (Cfr.Jn1, 14)» (Dv 4).
San Jerónimo nos dice, que desconocer las Escrituras es ignorar a Cristo. Podríamos añadir que desconocer a Cristo es desconocer las Escrituras. Por este motivo la Palabra del Señor se encuentra siempre en la vida de la Iglesia. En la Palabra de Dios tenemos una de las más significativas presencias de Cristo entre nosotros.

La Palabra es vida y es fuente de ella. Se cuenta que el emperador alemán Federico II (+1210) quiso saber cuál era la primera lengua del mundo, o sea, la que hablaron Adán y Eva en el jardín del paraíso. Y porque creía que las lenguas se aprenden por imitación, hizo separar a un cierto número de niños recién nacidos – se dice que eran doce- para que se criaran aparte. De este modo, según el emperador, si nadie les hablaba no podrían aprender la lengua de sus nodrizas y el idioma original brotaría de sus labios de manera espontánea. Así se hizo. Las mujeres los cuidaban, los bañaban, pero no podían hablarles ni cantarles…El resultado fue que, al poco tiempo, todos los niños se fueron muriendo de uno en uno. ¿La razón? les había faltado la palabra.

La palabra es vida, amor, alimento. Sin la palabra nos morimos, dar la palabra es entrar en contacto, crear vínculos, regalar lo mejor de uno. ¿No es verdad que cuando nos enojamos con alguien lo primero que hacemos es dejarle de hablar, negar la palabra?, sabemos bien lo que vale nuestra palabra puesto que la negamos.

Para que se tenga verdaderamente fe en alguien, es necesario que nos dé su palabra. Así, Dios nos ha dado su Palabra. Cristo, su Hijo, su Palabra. Ha querido dialogar con nosotros. Dialogar es dar la palabra. Nos  ha dado su palabra de que, si vivimos en su alianza, ni la duda, ni la amargura, ni la enfermedad, ni la muerte serán eternas. Su palabra de que todo lo que duele pasará, que un día recuperaremos todo lo que habíamos perdido y que tendremos, ahora si definitivamente cuanto habíamos anhelado de todo corazón.

Sem. Antonio Alfaro 

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